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Por qué viajar es la mejor forma de aprender (¡y sin abrir un libro!)

           Autor: Cristina Gusano
Por qué viajar es la mejor forma de aprender (¡y sin abrir un libro!).
Por qué viajar es la mejor forma de aprender (¡y sin abrir un libro!).  |  Fuente: Shutterstock

El mundo es demasiado grande como para quedarse en un solo sitio. Y ojo, que no estoy diciendo que tengamos que convertirnos todos en nómadas, pero sí que es verdad que viajar ayuda a ganar amplitud de miras, además de ser la mejor forma de aprender de forma pasiva. 

Viajando se aprende de geografía, de costumbres, de diferentes culturas, se prueban nuevos sabores, se aprende sobre idiomas, religión, deportes, maneras de conducir o sobre el reparto de la riqueza, el respeto y la escolarización de sus gentes. 

Viajando se conoce el clima de la zona, las latitudes, los horarios, los hemisferios, los comportamientos, los saludos. Si en el Caribe hace un calor terrible y una sensación de humedad asfixiante, será normal que hagan todo ralentizado y no tengan prisa por llegar a ningún sitio, ¿no? Si en el norte de Europa no ven la luz y en invierno hay meses donde no superan los 0 grados, será normal que se trate de gente más seria y reservada y menos espontánea. 

Viajando a Reino Unido aprendí que en inglés británico las "cookies" son "bisquits", las "vacations" son "holidays" y los "elevators" se les llama "lifts". Que sí que es verdad que en Londres llueve mucho y que las gabardinas y los paraguas grandes y buenos son el accesorio de todo inglés que se precie.

Viajando a Egipto aprendí sobre los famosos jeroglíficos. Aprendí la palabra "esclusa" y que el Nilo es uno de los ríos más largos del mundo. Descubrí por qué la gente califica de "obra faraónica" a algo impresionante, ya que así son sus templos y sus esculturas.

Cuando estuve en Estambul entré por primera vez en una mezquita espectacular donde había que cubrirse y descalzarse. Aprendí sobre el imperio bizantino y descubrí por primera vez que el estrecho del Bósforo separa Europa de Asia.

Cuando fui a México me di cuenta de la importancia de las culturas precolombinas, como la azteca, la maya o la olmeca y aluciné al comprobar que había gente que todavía hablaba algunas lenguas indígenas de al menos 500 años de edad. Aprendí sobre la tradición de comer picante y probé los mejores guacamoles de mi vida.

En Escandinavia me di cuenta de la importancia que la gente le da a las saunas y a las bicis, ¡las dos prácticas son muy sanas! Que un danés puede más o menos entender a un sueco, pero no al revés. Mientras que los noruegos y los suecos se pueden entender mutuamente... si hablan despacio. Y si se trata del idioma escrito... casi todos pueden entender todo. Qué suerte, ¿no? Bueno, a nosotros nos pasa más o menos lo mismo... si un argentino o un boliviano va a Brasil, seguramente pueda entender portugués brasileiro, mientras que, si vamos a Portugal desde España y los portugueses nos hablan despacio, seguramente nos entenderemos fácilmente. Sin problemas, ¡y con mucho gusto!

Es otro de los aspectos buenos que tiene viajar... empezamos a apreciar las pequeñas cosas mucho más, como comprender al vecino, que alguien hable tu idioma o te ayude a encontrar la estación de tren.

¿Quieres pasar un examen de idiomas?

¡Prepárate!


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Cristina Gusano

Cristina Gusano

Después de estudiar historia del arte en España, Cristina se mudó a Berlín donde se especializó en comunicación y marketing cultural. Echa de menos la familia, los amigos, la comida y la cantidad de grados Celsius. Por otro lado, le encanta ir a trabajar en bici y los idiomas. Trabaja como redactora en la revista de Babbel desde el 2015.

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