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Lo que nos motiva: Viktor Frankl

      
Lo que nos motiva: Viktor Frankl.
Lo que nos motiva: Viktor Frankl.  |  Fuente: Shutterstock

Desde hace algunos años, uno de mis principales focos de atención profesional como responsable de personas ha sido la motivación. Hay cientos de estudios que aseguran que una persona motivada es capaz de alcanzar un rendimiento extraordinario, tanto en el ámbito personal como en el profesional. Por ello, una rama de las Ciencias Sociales, partiendo de la Psicología, lleva décadas intentando estudiar cuáles son los factores que influyen en las personas para afectar de un modo u otro a su motivación.

El interés por la motivación ha hecho surgir multitud de modas. Con la llegada de las nuevas tendencias empresariales en los 90 y la primera década del nuevo milenio, la intención subyacente era huir del estilo tradicional, el liderazgo directivo, que se entendía como absolutamente contrario a la motivación. Las empresas más innovadoras nos decían que para tener empleados motivados, los jefes debían ser amigos de los empleados. Más tarde, que los jefes debían motivar a los empleados a través de transmitir energía y felicidad, y surgió lo que yo denomino el jefe showman, una persona que tenía más o menos que actuar para conseguir reflejar una imagen estereotipada, porque eso es lo que se supone que motiva a la gente.

Para serles sincero, este tipo de modas siempre me han parecido poco objetivas. ¿Por qué lo que funciona en una multinacional americana es lo que tiene que funcionar en una pequeña empresa familiar de cualquier población mediana de una provincia andaluza? Las piezas no encajan. Y eso es lo que hizo despertar mi interés por este tema, acrecentado por el hecho de hasta tiempos muy recientes ha habido muy poca ciencia sobre la motivación. Por ello, en las próximas tribunas quiero compartir con ustedes las diversas tendencias y teorías que me han llevado a reflexionar sobre qué es lo que verdaderamente nos motiva. Una reflexión que nos puede servir a cada uno de nosotros tanto en el ámbito personal como en el profesional.

Sea usted empresario, empleado por cuenta ajena en una gran empresa, o en una pyme, o ya sea usted funcionario, ¿cuántas veces en el último año se ha preguntado a sí mismo qué es lo que hace que unos días esté realmente motivado y dé el 100% de sí mismo, mientras que otros días, por el contrario, está contando los minutos para terminar su jornada y volver a casa? ¿Se le ha pasado en algún momento por la cabeza en estos años de crisis cambiar de trabajo? ¿Qué es lo verdaderamente le impulsa a ello, en su fuero interno?

Hace poco tiempo descubrí a un autor que me hizo generar este tipo de diálogo interior. Se trata del psiquiatra Viktor Frankl, al que he recordado precisamente estos días por haberse cumplido el 70º aniversario de la liberación del campo de concentración nazi de Auschwitz por parte de las tropas rusas. Frankl llegó a estar en este complejo, situado en Polonia, a pocos kilómetros de Cracovia, que para todos es el referente histórico del horror que supuso la barbarie Nazi y su proyecto de Solución Final. 

La historia de este psiquiatra es realmente apasionante. Estudió en la Universidad de Viena, donde le influyó Sigmund Freud y del que después se alejó intelectualmente. La cuestión es que Frankl era consciente de lo que estaba ocurriendo con la comunidad judía en las territorios sometidos al III Reich, como era el caso de Austria, pero en lugar de salir del país cuando tenía la posibilidad, decidió quedarse y fue enviado en 1942 junto con su esposa y sus padres al campo de concentración de Theresienstadt, situado en la actual República Checa. En 1944 estuvo en Auschwitz y más tarde en dos pequeños campos de concentración dependientes de Dachau, cerca de Munich. Frankl se dedicó a proporcionar ayuda psicológica a los prisioneros y prevenir suicidios. Él sobrevivió y fue liberado en 1945, no así su esposa y padres, que fallecieron.

El fruto toda esa experiencia se recogió en su célebre obra El hombre en búsqueda de sentido, que refleja la dureza de los campos de concentración, pero que supone toda una lección de vida. Frankl asistió a muchas personas, y observó que algunos prisioneros, a pesar de las durísimas circunstancias en que vivían, conseguían sobrevivir gracias a algún tipo de fuerza psicológica. Ante las mismas penurias y condiciones infrahumanas, donde muchos perecían otros consiguieron mantener una motivación instrínseca que les hacía soportar lo insoportable.

Frankl identificó que la clave de esa fuerza psicológica estaba «simplemente» en tener una razón para vivir. Ya fuese reunirse con la familia que había conseguido huir, escribir un libro, terminar una obra artística inacabada. Cada uno tenía su propio objetivo, pero todos coincidían en que su vida seguía teniendo un sentido, un propósito. Esta idea desde luego me ha hecho reflexionar mucho. ¿Qué sentido le doy a mi vida? ¿Qué me mueve cada día al levantarme, qué me impulsa a continuar adelante, a tener ilusión? Cada uno debe encontrar su propia respuesta, pero todos podemos pensar en casos más o menos cercanos de personas que en algún momento han perdido ese sentido y en cierto modo han comenzado a morir.

Sin saberlo, Frankl ha influido mucho en las tendencias empresariales de los últimos años. Podríamos decir que su obra ha sido el embrión de lo que hoy se denomina psicología positiva, que nos habla de la felicidad o el enfoque positivo para alcanzar la motivación y productividad personal. Pensémoslo un momento. ¿Es usted consciente de cuál es su propósito profesional? ¿Qué le motiva a ir a trabajar cada mañana cuando se levanta? ¿En qué piensa en el trayecto a su puesto de trabajo, en los retos que le esperan y que quiere conseguir ese día o en la mala suerte que tiene porque ese día no es domingo?

La aplicación práctica de toda esta teoría no es tan compleja. Si es usted empresario, asegúrese de que cada persona que forma parte de su organización tiene clara cuál es su contribución, qué valor aporta, qué ocurre o deja de ocurrir si ese trabajador noestuviera en la empresa, cuáles son los objetivos que cada uno debe cumplir y en qué medida dicha consecución contribuye al éxito de la empresa. Si es usted un trabajador, pida a su jefe que le ayude a determinar estos mismos parámetros.

Durante mi vida profesional he conocido pocas personas que tengan realmente claro qué les motiva, qué les mueve, cuál es su objetivo vital más allá de conseguir un trabajo específico. Todos trabajamos para vivir, eso lo tenemos claro. Pero no es menos cierto que el trabajo supone un desarrollo personal. La actividad profesional que desempeñamos nos dignifica, permite realizarnos, evolucionar y mejorar. ¿Cuántas personas conoce usted que se sientan plenas y felices cuando tienen un trabajo en las que se sienten estancadas? Busquemos nuestro propio sentido, nuestro propósito, y tendremos una razón para ser mejores.

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